lunes 27 de octubre de 2008

Juegos inocentes

De niños, ella y yo, nos repartíamos las estrellas y la luna. El sol no entraba en el juego porque era demasiado candente y a esa edad no nos permitían jugar con fuego. Después a ella las estrellas le parecieron poca cosa por su tamaño y nos quedó sólo la luna. La mitad era mía, la otra mitad era de ella. Y ahí empezaron nuestros conflictos porque ella nunca quiso entender, que por temporadas su mitad desapareciera de un momento para otro, aunque la mía también desaparecía un tiempo después. Pero ella me lo achacaba como un descuido. Se enojaba, pero nos volvíamos a contentar cuando la luna volvía a aparecer.
Ya de grandes se enfadó conmigo la primera vez que retomamos el juego y desapareció su mitad. Nunca más me volvió a dirigir la palabra.

domingo 29 de junio de 2008

Eterno amor

He dejado volar mis pensamientos
Para hallarte en el cielo de mis sueños.

He dejado volar mis sueños agostinos
Para hallarte en el verano de mi amor.

He dejado volar mi amor de taciturno
Para hallarte en la esquina de mi vida.

No dejaré volar mi vida
Para poderte amar hasta la muerte.

sábado 28 de junio de 2008

Rituales

Lucas mira a través del cristal de la puerta de la calle y ve a su madre alejarse en la Transit blanca con la que su padre reparte pan los domingos de amanecida. No mueve un pelo. Tiene el abrigo puesto, la mochila en la espalda, la cabeza despeinada y los ojos pegados a los movimientos de ella. Le han dado carta blanca para quedarse ahí parado unos segundos todos los días. “Hasta que me pierda de vista por completo” le pidió su madre a la cuidadora de la guardería.
—Déjele, total es un minuto. Una manía. Me quiere ver hasta el último instante. Ya sabe, como un ritual.
Después le arriarán para dentro: que se quite el abrigo, que no moleste a los pequeños, que a desayunar y a lavarse las manos y a dejar la silla colocada…hasta que salga la ruta.
Son las siete de la mañana. Pura noche. El cielo está tapado de nubes. En Madrid las clases empiezan a las nueve y media, pero en el cole de Wafaa hay servicio de desayuno. Ella sube la cuesta arrastrada por la mano de su madre. Se mira los pies y se ríe sin hacer ruido porque le patinan hacia fuera con el hielo y se le chocan las rodillas. Entonces su madre gruñe y le da un tirón del brazo. El brillo hosco de sus ojos arropados por la sombra del hijab le transmite a la niña una seguridad que difícilmente podría describir con sus escasas palabras en español. Al llegar a la esquina sabe que es el momento. Después, cuando la suelte del otro lado de la verja que rodea el colegio no habrá besos ni abrazos. Su madre no volverá la cabeza—envuelta hoy en una tela gris que parece el reflejo del cielo— para decirle adiós. Wafaa le aprieta fuerte la mano tres veces. Son tres veces consecutivas, aún a riesgo de castigo. Tres veces separadas por tres segundos. A Wafaa le gusta el número tres y adora que en clase alguien le pregunte cuál es su número favorito, porque en casa nadie le haría una pregunta semejante.
Parece que la noche toca a su fin en Lavapiés. El barrio se despereza como un gato y algunos coches desfilan con lentitud como luciérnagas con el papel aprendido. Una furgoneta sale de un garaje lejano y en la acera de la calle Concordia, tose el motor de un R-5 trasnochado, justo en frente del portal número 7. En el segundo piso Orlando revisa su mochila. A esas horas mira sin ver, para que cuando su hermano mayor le pregunte en el quicio de la puerta—a punto de salir camino del colegio—, el niño pueda decir sin mentiras que sí, me fijé y llevo todo. Pero sólo le interesa mirar por la ventana, echar a un lado las cortinas y ver la luna encaramada en lo alto de los edificios que se amontonan alrededor de ese en el que ellos viven. De todos modos, piensa, es la misma luna en todos los lugares. La misma que mira Valery desde Chiclayo y la misma que busca su madre por las vidrieras de la fábrica. Primero le guiña un ojo—sin controlar del todo el otro que se le queda medio cerrado—, después le dice: “sí, seré juicioso mami”, y por último le lanza un beso que vuela por la rendija de la ventana abierta. El viento que se ha levantado al compás del sol se lo lleva lejos, viaja alto, por encima de las antenas de las casas. Avanza saltándose los semáforos en rojo y despabilando a las farolas. Juega porque es un beso de niño: se deja caer en picado y hace un luping en el moño de una señora que acaba de salir de un portal. Remonta el vuelo y busca el rastro de su destino a lo largo de la M-30 que discurre hacia el sur todavía limpia de atascos.
Más abajo, las alarmas de los relojes, teléfonos móviles, radios y servicios de habitaciones se ponen de acuerdo para despertar a la ciudad.

lunes 23 de junio de 2008

La gotera


La casa tenía goteras. O mejor dicho: una gotera. Una gotera que caía plot plot plot sobre el fregadero y sonaba metálicamente como cuando chocan entre sí los cubos de la basura. Caía a un ritmo lento y acompasado. Plot. Pasaba un rato largo desde que una gota se precipitaba del techo hasta el fregadero y la otra hacía lo mismo, el tiempo suficiente para que ellos se olvidaran de que iba a volver a caer. Plot. Como así no había quien se concentrara para nada, ni para dormir, ni para leer, ni para hacer el amor -y mira que tenían ganas-, pusieron un vaso justo debajo de la gotera para evitar el ruido metálico cuando chocaba contra el fregadero. Ahora sonaba distinto, casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otro lado de las paredes de su casa. Plin. Era más llevadero. Si cerraban la puerta de la cocina, casi era imperceptible. Plin. Poco a poco –muy poco a poco– el vaso se iba llenando. Plin plin. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba llenándose. Gota a gota. Plin. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban las gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Si se dormían, soñaban que el vaso se desbordaba. Plin. Se besaban, hacían el amor y el ritmo de la sucesión de gotas era el diapasón de sus movimientos. Plin. Plin. Plin. Y un día el vaso se llenó. Lo vieron por la mañana, cuando se levantaron para ir a trabajar. Se dieron cuenta de que habían dejado de escuchar la gotera en algún momento de la noche. El agua se estaba desbordando, la gota seguía cayendo con su parsimonia habitual, pero ya no sonaba. Quitaron el vaso, pero al caer directamente sobre el fregadero tampoco se oía nada. Silencio. Volvieron a colocar el vaso donde estaba para que volviera a llenarse y a desbordarse, esta vez en completo silencio.

Se les quitaron las ganas de dormir, de leer, de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella: “Plot plot plot”. Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba: “Plin plin plin”. Pero nada.

domingo 8 de junio de 2008

Certidumbre

Déjame acariciarte
con mis palabras tibias
como antojos del alma.
Déjame susurrante
mis encantos baldíos
caídos en espacios
de ilimitados siglos.
Déjame palpar
tu soledad de estrella
para sacar
a flote mi mutismo infinito.
Déjame sentir
tu melancolía de luna
y atender el encanto
de tu beldad tan dulce.

viernes 30 de mayo de 2008

Dolores de amor

A Mar, mi amiga del alma,
quien, en vez de inventarse dolores,
los convierte en sonrisas
.

La primera vez que me inventé un dolor tenía nueve años. Fue justo el día de mi cumpleaños. Mi padre me había regalado un reloj Casio digital, muy novedoso en aquella época. Tenía calculadora, cronómetro, luz…marcaba la hora local de cinco países dispersos en el mundo y se podía sumergir a cincuenta metros de profundidad. Un reloj como aquel, por descontado, tenía un color ceniciento. No había ningún brillo de fantasía en sus esquinas. Nada de purpurina, ni las manecillas plateadas latiendo sobre la esfera de una Barbie, como a una niña de nueve años le hubiera gustado. Todos esos pequeños detalles—aunque muy lejos del regalo que yo esperaba— definitivamente me hubieran conquistado. Quizás se me hubieran encendido los ojos como lunas al abrir el escueto paquete, y así, quien sabe, me hubiera salvado de un destino sembrado de dolores tan reales como los tropiezos de la vida. Aunque en lo sucesivo, a lo largo de los años, los médicos los ignorarían con obstinación por anodinos o “inespecíficos”.
Pero no fue así. Y aquella tarde del noveno año de mi vida, mientras soplaba con un hilito de aire las velas que coronaban una tarta de yema, me preguntaba por qué mis padres me habían ignorado tanto. No había sido suficiente que cada una de esas tardes heladas y tediosas de domingo me quedase atrás—mientras ellos seguían paseando—con la nariz pegada al escaparate de la librería bajo los soportales de la plaza. Las luces estaban apagadas, pero en la oscuridad de una esquina había un libro de hadas que brillaba con una luz propia y que nada tenía que ver con los seres de esta tierra. ¿Es que ellos no lo veían cuando pasaban por delante? El libro era tan grande que me hubiese podido meter dentro de él a jugar con los elfos y los nomos. Pero nada. Yo, con mi fe de niña, confiaba en que esos enanos obrasen a través de la magia para que su falta de interés se viera compensada. Después de aquello no supe si dejar de creer en las hadas o en mis padres.
Más tarde, cuando masticaba con desgana mi pedazo de tarta, comprendí que no podía afirmar premeditadamente que no creyera en las hadas. Porque hubiera sido mentira, y porque—según la teoría de Peter Pan—, sólo por esa pérdida de niñez, hubiera aniquilado al menos a media docena de ellas. Así que los grandes perdedores fueron mis padres.
Le pedí a mi madre que me colocase el reloj en la muñeca y cuando acabé mi trozo le dije, mirando la tarta con asco, que quería más. Cuando volví a vaciar el plato me fui a mi habitación y me tumbé en la cama. Me quité el reloj y lo coloqué con cuidado a mi lado. Entonces abrí la boca todo lo que pude y comencé a gritar. Gritaba como si me estuviese muriendo, y es que realmente pensaba que esa noche sería la última de mi vida.
Cuando mi padre entró corriendo en urgencias conmigo en brazos, le advirtió al pediatra de guardia que traía un dolor que me atravesaba el lado izquierdo del vientre como una daga, y que quizás fuera apendicitis. El médico—un hombre de barbas blancas y las orejas algo puntiagudas—asintió y mandó que me llevasen a rayos x. Al rato salió empujando la camilla sobre la que me habían colocado y con voz grave dijo:
—Efectivamente la niña está sufriendo mucho…
Vi como mis padres se cogían de la mano
—…sin embargo, no es apendicitis. Ni ninguna otra cosa. Es probable que sólo sean gases.

Desde entonces, y dada mi limitada capacidad para inventar dolores—quizás debido a que los niños no saben nada de padecimientos,— mis males siempre estuvieron relacionados con la zona abdominal y así fueron recibiendo todo tipo de diagnósticos confusos a medida que crecía. Acetona, agujetas, flato, mala digestión, cólicos —este era el más habitual, y aprendí a convivir con una cajita verde y blanca en la mesilla de noche donde decía Buscapina— dispepsia o síndromes con cualquier apellido…
Hasta aquella tarde de verano al pie del mar, cuando el sol teñía a lo lejos las chumberas de naranja. En un callejón entre dos casas vecinas, vi al chico que pocos días atrás me había dado el primer beso de mi vida. Yo todavía sentía mis pies flotar al pensar en sus labios húmedos y entornados como invitando a pasar. Yo tenía trece y él quince. La chica que apretaba contra la pared y a la que le metía la lengua en la boca debía de tener más de diecisiete. Entonces sentí que un dolor rodaba desde mi pecho y se me instalaba debajo del ombligo. La punzada me hizo doblar las rodillas, y caí en las baldosas del paseo marítimo como un pájaro herido.
Aquella vez el médico le dijo a mi madre que probablemente —aunque era más ojo clínico que otra cosa— tenía una inflamación lógica de los ovarios que precedía a mi primera menstruación.
—Su hija se está haciendo mujer —dijo como el que remata un discurso.

A partir de ese día mi creatividad para las dolencias floreció con el mismo ímpetu que mis senos. Las algias campaban a sus anchas por mi cuerpo: cefaleas, lumbalgias, neuralgias, otalgias. Tardé en saber que a medida que maduraba, estas manifestaciones llegaron a traspasar los receptores del dolor de mi piel y crecían en forma de manchas o me doblegaban a través de mareos o náuseas. Cuando iba al médico era incapaz de definir dónde me dolía, porque saliendo de casa me atormentaba la cabeza, y al llegar a la consulta juraba que era el esófago. Había además un denominador común: todos remitían espontáneamente.

Yo, por mi parte, al acabar el colegio me matriculé en la facultad de medicina para quizás, mediante el conocimiento, llegar al origen de tanto sufrimiento leve pero insidioso. Jamás logré establecer una conexión entre todos aquellos trastornos. Hasta que un año, en la noche anterior a Navidad, recibí una llamada de mi novio.
Hacía dos años que salíamos y nos amábamos con la dulzura de los veinte años. Los últimos meses habían sido complicados porque él estaba bajo de ánimo y había comenzado a frecuentar un psicoanalista. Pensábamos que aquellas fechas familiares nos aferrarían a un sentimiento que crecía con los días y habíamos quedado en que vendría a cenar en Nochebuena a mi casa.
—Cariño, es mejor que lo dejemos. No estoy seguro de nada.
Fueron las últimas palabras que le escuché decir.
Esa noche comí y bebí con normalidad. Hasta podría decir que disfruté. Pero al acostarme tuve el dolor más diáfano, localizado y persistente de cuantos había soportado hasta entonces. Sentí que se me abría el pecho en el lado izquierdo, una presión seguida de falta de aire y un pinchazo entre las costillas. En esa ocasión no tuve dudas. Me dolía el corazón.

Aunque hasta el suceso de la grúa—algunos años más tarde— nada ni nadie arrojó verdadera claridad sobre la causa de mis quebrantos. Una mañana salí a buscar mi coche temprano para ir a la biblioteca. Pero no arrancó. Cuando llegó la grúa entre la niebla del invierno y el mecánico me preguntó por los síntomas del coche, rompí a llorar. El hombre tuvo la entereza de ignorarme y tratar de poner el coche en marcha sin mi colaboración. Como no lo consiguió, cargó el coche y me invitó a subir en la cabina de la grúa mientras yo seguía llorando. Lloré cuando se adentró en la ciudad y cuando me llevó hasta la antesala de una clínica en la que se detuvo para dejarme a mí antes que al coche.
El gruero me acompañó hasta la sala de espera y se despidió con un “mujer anímese”. Al cabo de unos minutos un hombre sin bata llegó desde el fondo del pasillo y me llamó para que entrase.
— ¿Dolores García?
Levanté la cabeza avergonzada con los ojos mojados, sin entender bien qué estaba yo haciendo allí. Me indicó que pasase delante de él y me dijo que íbamos a la consulta siete. Intenté decirle algo, pero asintió al tiempo que sonreía con calma:
—Tranquila, ahora me cuenta…
Me senté frente a él sin muchas ganas de mirarle a los ojos y encajar sus preguntas. Por los cuadros que desfilaban por las paredes, en los que me distraje unos minutos, entendí que no era un médico general, sino un psiquiatra.
—Dígame, qué le sucede.
—Tengo…dolor.
Antes de empezar con mi letanía, el doctor se adelantó y me dijo que mejor le indicase el lugar señalándome con el dedo. Me llevé la mano al lado izquierdo del pecho y me animé a mirarle. En sus ojos—dos granos de café—encontré un brillo de conformidad, como si mi gesto hubiera tocado la tecla exacta en lo más profundo de sus pensamientos.

Aquél hombre, doctor, Psiquiatra por la Universidad Complutense, me diagnosticó una enfermedad mortal. No vaciló en sus palabras. No me mandó volantes para pruebas diagnósticas, ni jugó al despistaje con tratamientos peregrinos. Diríase que cogió el toro por los cuernos.
—…pero no se preocupe. En usted la patología ha cronificado. Sólo tiene que aprender a vivir con ella. Sus dolores son de amor, y lo más probable es que algún día se muera de amor. Aunque si alguien me llegase a preguntar, yo nunca le he dicho esto.
Debió de entender, por mi forma de encogerme en la silla, que la palabra morir no estaba en mis planes, y con una sonrisa generosa añadió:
—Y dígame ¿hay alguna forma más digna de morir?

jueves 29 de mayo de 2008

El cordón umbilical


Mi primera infancia transcurrió en la soledad más absoluta, rodeada de los adultos. Llamo soledad a la ausencia de otros niños con los que jugar.

En mi mundo sólo existían los mayores. Había niños, sí... Sabía que los había en el extremo contrario del pueblo, en las faldas de la colina. Sabía que andaban juntos en bicicleta muy cerca de mi casa, que iban al colegio. Cuando bajaba al valle, repeinada, primorosamente vestida, muy seriecita de la mano de mi madre, las mujeres me decían: “¿no te apetece jugar un rato con los niños?”. Y yo notaba un levísimo refuerzo en la intensidad con la que mi madre me asía la mano. “No, no me apetece”. Pero sí me apetecía, aunque jamás me hubiera separado de mi madre porque intuía, con esa claridad que a veces asusta en los niños, que ella sin mí se sentía perdida, que el miedo se le atenazaba a la garganta, el miedo atroz a que algo malo pudiera sucederme. Y es que a mí podía ocurrírseme cualquier cosa. Subir al árbol más alto. Bajar en una bicicleta sin frenos por el prado más empinado. Meterme en el mar, con el agua hasta el cuello, sin saber nadar. “Creí que no ibas a llegar sana y salva a adulta”, me dice aún a veces mi madre.

No, en mi primera infancia no hubo niños.

Viví en la casa más oscura y aislada del mundo –anchísimos muros de piedra y estrechos ventanales, como es habitual en las casas de aldea-, en la ladera de una colina y rodeada de eucaliptos. Mi padre se iba a trabajar muy temprano y volvía muy tarde, de lunes a sábado. Por eso el domingo era mi día favorito. Me levantaba a las nueve de la mañana, desayunaba leche con pan y mermelada e iba corriendo al cuarto de mis padres. Mi madre ya llevaba una hora levantada, pero mi padre no. Se hacía el dormido y yo tenía que zarandearlo. “Papá, papá, cuéntame el cuento de El flautista de Hamelin”. Y él me lo contaba siempre con las mismas exactas palabras, haciendo énfasis y pausas en las mismas escenas. Yo le escuchaba conteniendo la respiración, emocionada ante la idea de que alguien, algún día, llegara a mi pueblo y yo pudiese irme tras el sonido de su flauta. Cuando mi padre acababa de contarme el cuento, yo salía corriendo de casa hacia el patio trasero mientras oía la voz de mi madre: “¡No te alejes mucho!”. No me alejaba, no hacía falta. Cruzar la puerta hacia el patio trasero era para mí el más lejano de los viajes. Allí pasaba horas enteras. “¿A qué juegas?”, me preguntaba mi abuelo. “A ir en un barco”, le respondía yo. Seguramente le sonaría raro, pero para mí vivir en un barco, en medio del mar, era la metáfora de la independencia y la seguridad; ese lugar al que nadie iría a molestarme –aunque de eso me di cuenta mucho después–.

Y tras tanto soñar con países lejanos y viajes por mar, empecé a ir al colegio. Tenía seis años. Ya sabía leer, escribir, sumar, restar y multiplicar –me había enseñado mi madre en las largas tardes del invierno anterior–. Para ir al colegio tenía que levantarme muy temprano. Bajaba desde la ladera de la colina hasta el valle y allí esperaba el transporte escolar. En mi primer día de colegio, sentada tras las ventanillas de aquel enorme autobús, vi con infinita tristeza las lágrimas de mi madre. Era la primera vez que nos separábamos. Pero el autobús arrancó y cuando la perdí de vista, miré hacia adelante y todo rastro de tristeza desapareció. Al fin había venido el flautista de Hamelin a por mí.

El colegio era un lugar enorme lleno de desconocidos. La inmensa mayoría niños. Los escasos adultos eran mujeres. Concretamente monjas. Bajé del autobús y me dejé llevar por la riada de alumnos hacia el patio central, circular y triste. Quedé parada ante la oscura capilla. Me rodeaban niños más altos que yo y a duras penas pude observar cómo se iban alejando uno a uno tras oír sus nombres en boca de la madre superiora, una mujercilla baja y encorvada con una expresión cruel en los labios, hasta que me quedé sola en el inmenso patio, entonces ella me miró por encima de las gafas y me preguntó: “¿Cómo te llamas?”.

–Marta María López –le contesté con voz firme, como mi abuelo me enseñó que debía pronunciar cuando me sentía insegura, para darme valor.

–¿Cuántos años tienes? –me inspeccionó de arriba a abajo y yo me sentí muy pequeña dentro del uniforme gris.

–Seis –notaba el sudor frío recorriéndome la espalda mientras ella miraba el enorme listado de alumnos. Pareció encontrarme entre sus papeles. Puso su mano sobre mis hombros y me dirigió hacia un edificio alejado del patio central. Se accedía a mi aula por una puerta acristalada que se abrió con enorme estrépito de los goznes. Todos los niños ocupaban ya sus asientos.

–Aquí le traigo a una alumna despistada, sor Soledad. Se llama Marta María López –Mis compañeros me observaron unos segundos sin demasiado interés, pero la joven monja que sería mi maestra fijó su mirada en mí.

–Siéntate en aquel sitio libre –me indicó un pupitre al fondo de la clase– y saca una hoja en blanco y lápices de colores.

Esperó pacientemente a que hiciera lo que me había mandado y se acercó a mí. Me dijo que dibujara en el papel algo bonito, como ya estaban haciendo mis compañeros, lo más bonito que pudiera imaginarme. Yo comencé a dibujar. “Un barco”, pensé. Pero cuando quise darme cuenta, estaba dibujando una casa llena de gente, con un abuelo que tallaba madera en el sótano, una abuela un poco mandona que cocinaba como nadie, una madre amorosa que leía junto a la ventana y un padre que llegaba exhausto de trabajar tras haber tenido que tomar varios trenes. Dibujé también mis libros de cuentos sobre una mesa, el coche que no teníamos, pero que a mi padre –aunque los odiaba- le hubiese venido muy bien, y el gato que siempre desee tener. Dibujé muchos niños jugando en el patio trasero y, al fondo, dibujé el autobús escolar.

–Echas de menos a tu familia, ¿verdad? –me preguntó la monja mientras miraba mi dibujo. Lo cierto era que no. Sabía que iba a verlos en unas horas, ¿por qué había de echarlos de menos? Ella no esperó mi respuesta, la dio por sabida.

El resto de la mañana pasó volando. Saboreé cada minuto a pesar de que nada era como me lo había imaginado. O precisamente por eso.

En el instante mismo en que me bajé del autobús, ya de vuelta, vi a mi madre sonriéndome y con los ojos expectantes, deseosa de que le contara cómo me había ido. Al no verla triste, tal y como esperaba, se esfumó todo resto de culpabilidad por haber disfrutado en el colegio, lejos de casa. La quise más en ese momento de lo que la había querido en mis seis años de vida –que era muchísimo–, porque me estaba regalando, muy a su pesar y no sin dolor, la libertad. Estaba cortando el cordón umbilical.

Poco a poco comencé a relacionarme con los niños de mi pueblo, a desaparecer durante horas enteras con Héctor, Rober y Tito, y mi madre tuvo que aguantar estoicamente que me rompiera un brazo, me torciera dos veces el mismo tobillo al saltar de un árbol y me pusiera mala del estómago tras comer los pétalos de alguna flor. Todo ello en menos de seis meses. Pero, como dice mi abuela: “Es lo que tiene la vida, que a veces duele. Aún así, es mejor eso que anestesiarse por miedo”.

Supe ya entonces que lo mejor de irse lejos de la familia era el momento del regreso, con el alma cargada de experiencias. Desde entonces, ningún viaje termina para mí hasta el instante en que le narro a los ojos expectantes de mi madre cómo me ha ido y le novelo lo que he visto.
(Pravia, octubre de 2006)
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IMAGEN: Gustavo Aimar