Yo siempre me había sentido orgullosa de mi memoria. Nací con la habilidad de recordar. Mis primeros recuerdos son los de una sala blanca y vacía. Un señor antipático me separaba de mi madre y me tapaba la cara con algo que me hizo llorar. Creo que fue mi primer llanto. Claro que nadie cree que ese recuerdo sea real. Cuando me preguntan cuál es mi primer recuerdo, reprimo mi habilidad y digo que mi primer recuerdo es un collar de perlas turquesas que mi madre me dejaba tocar mientras metía una cucharita en mi boca. No me gustaba comer y me las ingeniaba para que ella siempre tuviera a mano su collar de perlas turquesas. Otro de mis recuerdos favoritos es un vestido blanco muy corto que dejaba al descubierto unas braguitas de puntillas que mi abuela me había regalado. Tampoco me creen. Mi abuela dice que esas braguitas iban encima de los pañales y que por tanto no puedo recordar. También me gusta recordar mi cuna de barrotes. Me ataban con unas pinzas metálicas las sábanas para que no me destapara en la noche. He de decir que dormí en la cuna hasta los tres años por falta de espacio en casa. Tengo otros muchos recuerdos de esa época que nunca menciono porque los adultos se morirían de vergüenza. Son muy dados a creer que los niños no se dan cuenta de lo que pasa a su alrededor. Pero yo siempre digo que mis padres debían ser muy felices entonces porque me despertaba su risa en mitad de la noche.
No es sólo que la vida me dotara de la habilidad de recordar sino que puedo recordar con detalle. Antes de aprender a escribir dibujaba todo lo que veía. Utilizaba pinturas de todos los colores y aunque la vida no me dotó de habilidades pictóricas, aquellos garabatos me servían para recordar. Antes de ir al colegio aprendí a escribir y a leer. Como mi madre recitaba a todas horas poemas de José María Pemán y otros que no conocía, se me pegó hablar en verso y empecé a escribir mis recuerdos en poesía. No tienen ningún valor literario, sólo el valor de cristalizar el recuerdo. Luego vinieron los diarios. El primero me lo regalaron el día de mi primera comunión. Después vinieron otros muchos, hasta que me di cuenta que no necesitaba escribir, ni dibujar, ni pintar nada para recordar.
Incluso lo que no deseaba recordar se grababa en mi memoria a fuego y según pasaban los años los recuerdos eran menos divertidos. Mi madre pasó de la risa al llanto. Ella seguía pensando que yo olvidaría. Ése fue el primer recuerdo que quise borrar pero no sabía cuál era el proceso inverso al recuerdo. Intentaba taparme los oídos cuando algo me sonaba mal. Trataba de salir de casa para no ver las escenas que seguro recordaría como si las viviera una y otra vez. Funcionaba en la medida que podía desaparecer de la escena que estuviera aconteciendo. No siempre era posible.
Otras veces en cambio intentaba impregnarme de todo. Fui desarrollando la habilidad poco a poco con los cinco sentidos alerta, hasta conseguir oler, tocar, degustar, escuchar y ver los recuerdos a lo largo de los años por muchos que pasaran. Bastaba un ligero aroma a canela para ver a mi madre removiendo una olla de natillas con una cáscara de limón y un trozo de canela en rama que le daba ese inconfundible sabor a natillas caseras. Descubrí también que el recuerdo tenía un poder añadido con el que no contaba cuando me hacían relatar en las reuniones familiares los recuerdos que ellos habían olvidado y querían volver a recordar. Descubrí que además de verlos como se ve ahora un video casero o un álbum de fotos, podía sentir exactamente lo mismo que sentí en ese preciso instante.
La primera vez me asusté. No sabía si deseaba recordar al olor de una margarita, el primer desconsuelo del amor no correspondido cuando el último pétalo decía que “no”. Se me partió el corazón al recordar ese niño que me dijo “eres la niña más guapa de todas” y luego la margarita decía que era mentira. Algunos pueden pensar que así se cura el desengaño futuro. A base de margaritas deshojadas y desconsolados llantos infantiles. Pero no. A mi me dolían todas las margaritas cada vez que el último pétalo decía “no”. Así aprendí que el proceso inverso al recuerdo debía ser “el olvido”. Pero la vida no me dotó de la habilidad de olvidar. ¿Se podrá aprender?
No es sólo que la vida me dotara de la habilidad de recordar sino que puedo recordar con detalle. Antes de aprender a escribir dibujaba todo lo que veía. Utilizaba pinturas de todos los colores y aunque la vida no me dotó de habilidades pictóricas, aquellos garabatos me servían para recordar. Antes de ir al colegio aprendí a escribir y a leer. Como mi madre recitaba a todas horas poemas de José María Pemán y otros que no conocía, se me pegó hablar en verso y empecé a escribir mis recuerdos en poesía. No tienen ningún valor literario, sólo el valor de cristalizar el recuerdo. Luego vinieron los diarios. El primero me lo regalaron el día de mi primera comunión. Después vinieron otros muchos, hasta que me di cuenta que no necesitaba escribir, ni dibujar, ni pintar nada para recordar.
Incluso lo que no deseaba recordar se grababa en mi memoria a fuego y según pasaban los años los recuerdos eran menos divertidos. Mi madre pasó de la risa al llanto. Ella seguía pensando que yo olvidaría. Ése fue el primer recuerdo que quise borrar pero no sabía cuál era el proceso inverso al recuerdo. Intentaba taparme los oídos cuando algo me sonaba mal. Trataba de salir de casa para no ver las escenas que seguro recordaría como si las viviera una y otra vez. Funcionaba en la medida que podía desaparecer de la escena que estuviera aconteciendo. No siempre era posible.
Otras veces en cambio intentaba impregnarme de todo. Fui desarrollando la habilidad poco a poco con los cinco sentidos alerta, hasta conseguir oler, tocar, degustar, escuchar y ver los recuerdos a lo largo de los años por muchos que pasaran. Bastaba un ligero aroma a canela para ver a mi madre removiendo una olla de natillas con una cáscara de limón y un trozo de canela en rama que le daba ese inconfundible sabor a natillas caseras. Descubrí también que el recuerdo tenía un poder añadido con el que no contaba cuando me hacían relatar en las reuniones familiares los recuerdos que ellos habían olvidado y querían volver a recordar. Descubrí que además de verlos como se ve ahora un video casero o un álbum de fotos, podía sentir exactamente lo mismo que sentí en ese preciso instante.
La primera vez me asusté. No sabía si deseaba recordar al olor de una margarita, el primer desconsuelo del amor no correspondido cuando el último pétalo decía que “no”. Se me partió el corazón al recordar ese niño que me dijo “eres la niña más guapa de todas” y luego la margarita decía que era mentira. Algunos pueden pensar que así se cura el desengaño futuro. A base de margaritas deshojadas y desconsolados llantos infantiles. Pero no. A mi me dolían todas las margaritas cada vez que el último pétalo decía “no”. Así aprendí que el proceso inverso al recuerdo debía ser “el olvido”. Pero la vida no me dotó de la habilidad de olvidar. ¿Se podrá aprender?

2 comentarios:
...y seguro. Seguro que se puede aprender a olvidar, como una forma más de sobrevivir.
A mi me parece que la infancia es una fuente de recuerdos valiosísima. A mi me gustan los recuerdos de los que hablas...soy muy visibles y cálidos. Muy chulo Carmen.
(por cierto, esto te lo digo con todo el cariño, y aquí entre nos, que no soy yo precisamente la más apropiada, pero revisa los "debe" y "debe de"...)
No sé...¿es cosa mía o me encuentro a una Carmen más cercana en los textos que cuelgas en el blog?
Besitos amiga mía
...era yo, Conchi...no se por qué no salió...
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