Si alguna vez hubieras decidido saltarte las reglas… ¿Quién sabe?
No vale saltárselas cuando yo te digo, llámame, roba esa rosa para mi, haz una herida en ese banco del parque para que cicatricen nuestros nombres sin dolor, muérdeme el cuello para que tenga que usar el pañuelo que me regalaste, regálame un perfume para poder añadir un nuevo aroma a mi cuerpo, escríbeme un anónimo que hasta a mi me cueste identificar y me haga soñar contigo, haz que suene nuestra canción en aquel bar de copas donde nos conocimos, sorpréndeme en la esquina por la que paso cada día para ir al trabajo, obsérvame desde la distancia cuando bailo en mitad de la pista sin rumbo, envíame flores silvestres sin tarjeta el día de mi cumpleaños. Ámame aquí y ahora.
Saltarse las reglas es llamarme cuando sabes que me pillarás en una reunión con clientes importantes y sólo me pasarán las llamadas de urgencias. ¿Nunca has tenido una urgencia? Una urgencia puede ser escuchar tu voz en medio de un concierto de piano y violines sonando en el Auditorio. ¡Ay lo que te has perdido! Te has perdido mi desconcierto, mi respiración agitadamente contenida disimulando entre papeles que vuelan por los aires, disculpas que no acaban nunca, mis piernas cruzándose y descruzándose, mis gestos fingidos de angustia para velar la mirada perdida que me produce tu voz al otro lado del teléfono profiriendo tus urgencias. ¡Ay si te hubieras saltado las reglas! ¿Quién sabe? Tal vez hubiera corrido a tu encuentro y me hubiera levantado de la reunión con clientes importantes alegando una urgencia que sólo teníamos tú y yo, o me hubiera levantado de la butaca del auditorio arrastrando mi chal y susurrando disculpas inaudibles para perderme contigo en el interior de un taxi que espera en la puerta, o en los mismísimos lavabos del teatro con la música de Mozart de fondo amortiguando nuestro deseo.
¿Lo has hecho alguna vez en un lavabo, en un ascensor, en un taxi, bajo un árbol, en un avión, en un probador, en la arena del mar, en un campo de luna llena…? Quizá si te hubiera dicho que incluso hasta para cada uno de esos lugares existen reglas, te hubieras atrevido con ello. Iba a decir tú te lo pierdes, pero en realidad nos lo perdemos los dos. Malditas reglas. No caben en ellas las sorpresas, ni los sueños, ni el romanticismo, ni la excitación, ni la esperanza. En ellas, sólo caben el miedo, la vergüenza, la culpa, el castigo y una vida entera llena de ansiedad. Una vida que va marchitando las flores poco a poco y haciendo que la luna llena no vuelva a estar llena nunca más.
No vale saltárselas cuando yo te digo, llámame, roba esa rosa para mi, haz una herida en ese banco del parque para que cicatricen nuestros nombres sin dolor, muérdeme el cuello para que tenga que usar el pañuelo que me regalaste, regálame un perfume para poder añadir un nuevo aroma a mi cuerpo, escríbeme un anónimo que hasta a mi me cueste identificar y me haga soñar contigo, haz que suene nuestra canción en aquel bar de copas donde nos conocimos, sorpréndeme en la esquina por la que paso cada día para ir al trabajo, obsérvame desde la distancia cuando bailo en mitad de la pista sin rumbo, envíame flores silvestres sin tarjeta el día de mi cumpleaños. Ámame aquí y ahora.
Saltarse las reglas es llamarme cuando sabes que me pillarás en una reunión con clientes importantes y sólo me pasarán las llamadas de urgencias. ¿Nunca has tenido una urgencia? Una urgencia puede ser escuchar tu voz en medio de un concierto de piano y violines sonando en el Auditorio. ¡Ay lo que te has perdido! Te has perdido mi desconcierto, mi respiración agitadamente contenida disimulando entre papeles que vuelan por los aires, disculpas que no acaban nunca, mis piernas cruzándose y descruzándose, mis gestos fingidos de angustia para velar la mirada perdida que me produce tu voz al otro lado del teléfono profiriendo tus urgencias. ¡Ay si te hubieras saltado las reglas! ¿Quién sabe? Tal vez hubiera corrido a tu encuentro y me hubiera levantado de la reunión con clientes importantes alegando una urgencia que sólo teníamos tú y yo, o me hubiera levantado de la butaca del auditorio arrastrando mi chal y susurrando disculpas inaudibles para perderme contigo en el interior de un taxi que espera en la puerta, o en los mismísimos lavabos del teatro con la música de Mozart de fondo amortiguando nuestro deseo.
¿Lo has hecho alguna vez en un lavabo, en un ascensor, en un taxi, bajo un árbol, en un avión, en un probador, en la arena del mar, en un campo de luna llena…? Quizá si te hubiera dicho que incluso hasta para cada uno de esos lugares existen reglas, te hubieras atrevido con ello. Iba a decir tú te lo pierdes, pero en realidad nos lo perdemos los dos. Malditas reglas. No caben en ellas las sorpresas, ni los sueños, ni el romanticismo, ni la excitación, ni la esperanza. En ellas, sólo caben el miedo, la vergüenza, la culpa, el castigo y una vida entera llena de ansiedad. Una vida que va marchitando las flores poco a poco y haciendo que la luna llena no vuelva a estar llena nunca más.

2 comentarios:
Precioso texto. Qué bien escribes cuando escribes con las tripas.
¿Las reglas? Cuales son el verdadero sentido de su existencia. COn ellas pienso que la humanidad se las ingenió para hacer más desgraciada la vida de todos. ¿Cuanto nos perdemos por no saltar esas malditas reglas?
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