Lo encontré en una estación de servicio una noche de lluvia insistente y sólo hoy me doy cuenta de que en las horas que pasé con él nunca llegué a saber su nombre. Estaba parado en la puerta de la tienda de la gasolinera con una barra de pan en la mano y una sonrisa como recién sacada del horno. Llevaba un abrigo oscuro y una bufanda enrollada en el cuello y tenía los hombros encogidos intuyendo la que se le venía encima por tener que caminar bajo la lluvia.Yo no necesitaba gasolina. Sólo quería agotar la última posibilidad de conseguir pan un sábado cerca de la media noche, después de haberlo intentado en varias tiendas de “abierto 24 horas” sin éxito. Era una noche tranquila. Fea, porque el cielo estaba cubierto de nubes violetas que amenazaban con no marcharse nunca. Pero yo me sentía en paz. Con un cansancio dulce repartido por todo el cuerpo. Me había pasado la tarde entera caminando por las calles de Madrid en compañía de dos amigas. Hacía tiempo que no las veía y me habían querido sacar hasta la última gota de información sobre mis últimas aventuras, después de dos años de plácido divorcio. Me dijeron:
—Tus líos siempre son emocionantes.
Pero ya les advertí que atravesaba una época de letargo. El deseo se había acantonado en algún lugar de mi cuerpo y mi ímpetu amoroso estaba durmiendo un descanso merecido.
Había venido conduciendo con eso de los “líos interesantes” en la cabeza y pensando que para ser un sábado por la noche, mis únicas aspiraciones eran llegar a casa, tumbarme en el sofá con un vaso de ron jamaicano al alcance de mi mano, leer los cuentos que me quedaban de un libro de García Márquez y dejar que el sueño me fuera atrapando poco a poco.
Quería pan, eso sí. Porque me había imaginado un despertar de domingo pausado. Y un desayuno entre libros—aprovechando que estaba sola y podía hacer mi propio desorden—con café y tostadas con aceite. Era un auténtico antojo, porque yo jamás compraba pan.
Por eso cuando lo vi en la puerta de la tienda con la barra en la mano, se avivó mi esperanza de ver satisfecho aquel insignificante capricho. En lugar de aparcar conduje el coche hasta la entrada y me paré delante de él. Entonces me di cuenta de que estaba quieto, como esperando a alguien. Al verme se agachó y me buscó dispuesto a decirme algo. Bajé la ventanilla del lado del acompañante y me adelanté:
—Disculpa, ¿sabes si queda más pan?
Algo brilló en sus ojos.
—No. Me dijeron que tuve suerte. Esta era la última— Por un instante me sacó de quicio. Me había dejado sin pan y sonreía con calidez, como si lo que tuviera en la mano fuera un ramo de claveles y se acabase de encontrar con su novia en el portal—…pero si quiere, señorita, podemos compartir mi pan.
—No gracias—le contesté. Y subí la ventana.
Pero antes de que llegara hasta el tope, él golpeó con los nudillos el cristal, lo volví a bajar un poco y me habló sin dejar de sonreír.
—Por casualidad...¿no se dirigirá usted al pueblo?
La verdad, parecía que acabase de caer del cielo como una gota de lluvia. Esa pregunta no necesitaba respuesta, porque desde la gasolinera hasta Armonía no había ni un solo desvío. La carretera moría precisamente allí. Sin embargo hablaba como si en serio no lo supiera. Tenía un acento latino evidente; lo poco que había dicho me bastaba para saberlo. Pero no parecía esa clase de persona que hace dedo en los arcenes. Y tampoco llevaba consigo ningún bolso de viaje. Lo único que tenía en las manos era la barra de pan.
No pude evitar sostenerle la mirada unos segundos más de la cuenta. Había algo naturalmente hermoso en su cara. Algo más allá de la forma de sus ojos o la apariencia de sus labios. Era algo bello sin discusión. Bajé la cabeza con la firme intención de decirle que no, sabiendo que me saldría con la misma flojera con que se le habla a los limpiacristales en los semáforos. Pero entonces, justo antes de hacerlo, cambié de opinión.
—Está bien—me delaté—…quiero decir que sí. Sí, claro, voy al pueblo.
Y le invité a subir. Total, pensé, qué más daba. Qué podía pasar. Nadie con unos ojos tan dulces y una barra de pan en la mano podía ser peligroso. Además, qué me iba a decir en las dos rotondas que nos separaban de decirnos adiós, para que se llegasen a complicar de algún modo las cosas.
Porque yo le tenía miedo a las palabras. A sus palabras y lo que me pudieran descubrir de él. Las palabras me asustaban más que su boca. O esa forma que tenía de dejar los labios separados al terminar de hablar. O las ces dichas como ses que me llevaban a otro lugar del mundo y aquello era algo de cuyo influjo no podía escapar. Esas cosas ya ponían en peligro la tregua que le había concedido a mi corazón. Pero lo más peligroso era la voz y las palabras que pudieran caber en ese kilómetro hasta Armonía.
Así que decidí no ser yo la que estimulase la conversación.
—Y ¿dónde vive usted?—me dijo después de un silencio corto.
— Por favor, llámame de tú… ¿Dónde quieres que te deje?—intenté desviar el tema.
—Dónde te venga bien. En cualquier sitio. Mira—me señaló separando los dedos índice y pulgar en el extremo del pan que sobresalía de la funda de papel—yo sólo necesito este pedacito. El resto te lo quedas tú. Te lo regalo a cambio del favor que me haces llevándome.
Se había colocado con el cuerpo girado hacia la izquierda y la espalda contra la puerta, de manera que no miraba hacia la carretera sino que me iba contemplando a mí. Lo sentía mirándome con ganas y me acordé de mis amigas. Creo que nunca entenderían el hormigueo que yo tenía en las tripas en ese momento. Probablemente a ellas no les pasaría.
—No—contesté—, en todo caso al contrario. Yo me quedo ese trozo, y tú el resto. Tengo bastante para una tostada.
Y con “tostada” aflojé una sonrisa. Cómo podía mantenerme seria frente a esos labios jubilosos y su mirada puesta en mí de aquella forma. Ni en lo que duraban dos rotondas era capaz de no dejarme tentar por lo insólito y prometedor de estar a solas con aquél hombre en mi coche.
—¿Sabes?—me dijo—a veces ni siquiera necesito pan. Cuando siento hambre me alimento de las palabras. Siempre llevo conmigo un libro. Delgado. Porque a menudo me toca caminar. Uno que pesa más o menos como una barra de pan. Leo y después de un par de relatos cortos o algunos poemas me siento satisfecho.
Mientras hablaba había sacado un libro del interior de su abrigo, que no se lo había quitado al entrar en el coche, lo mismo que la bufanda. Me lo mostró, pero con la excusa de la carretera desvié la mirada. No quería que el título o el autor me fueran familiares. Entonces la conversación estaría servida. Además las rotondas se habían acabado y ya estábamos entrando en las primeras casas de una Armonía nocturna y silenciosa y yo no sabía ni donde lo tenía que llevar.
—Disculpa, ¿a dónde vas? No me lo has dicho.
—No voy a ningún lugar.
—Pero en algún sitio vas a dormir.
Se quedó callado. Agachó la cabeza y se asomó por el cristal delantero con los ojos puestos en el cielo, como buscando algo.
—Cualquier sitio me servirá—dijo mirándome otra vez— Ha dejado de llover—Y volvió a sonreír. Yo apenas podía creer que me estuviera diciendo que pensaba dormir en la calle.
—Vale, vale…sí, claro…¿Cómo vas a…? ¿Quieres dormir en mi casa, en el sofá?
Casi sin haber acabado la frase, me di cuenta de la dimensión de mi error, y en seguida quise darle la vuelta al asunto, tratar de inventar algo... pero él ya estaba contestando.
—Me encantaría. Prometo marcharme antes de que te despiertes.
Las horas siguientes viven en mi mente como un recuerdo pesado y lejano. Intento atrapar los detalles, pero se me escapan como las motas de polvo flotando en un haz de luz.
Sé que entramos en casa, que dejó la barra de pan sobre la mesa ratona del salón. Que se quitó el abrigo y la bufanda. Y que olía bien. Cuando nos sentamos en el sofá, se escapó de su cuerpo un aroma dulce como el verano. La piel de sus manos—que hablaban por sí solas—y su manera de expresarse me recordaban al Caribe, aunque yo nunca hubiera estado allí.
Sé que dejó su libro junto a la barra de pan y que me hice la loca cuando se puso a curiosear los libros de las estanterías del salón, diciéndole que no, que no me interesaba demasiado ninguno de ellos, pero que los tenía porque me parecía que quedaban bien allí. Y que coleccionaba lomos de colores.
Recuerdo que tomamos cerveza y que me leyó unos versos de Neruda. Que no dejó en ningún momento de sonreír.
Creo que en alguno de esos instantes dulces, me quedé dormida.
Estoy segura de que me desperté deseando encontrarlo allí. Esperando que sólo hubieran pasado unos minutos. Pero ya era de día. Y, tal y como me había asegurado la noche anterior, se había ido.
Sobre la mesa a la barra de pan le faltaba el pedazo que no estaba envuelto en el papel y su libro seguía allí. Recuerdo que lo cogí y me acerqué las tapas a los labios para olerlas. Lo abrí por la primera página—la que siempre está en blanco—y encontré escritas a mano algunas palabras:
“Para cuando quieras que vuelva a caer del cielo: 611252654”
Y sentí que en algún lugar remoto de mi cuerpo, el deseo se despertaba bruscamente de su letargo.
6 comentarios:
Lástima que sus amigas no puedan comprender ese hormigueo que se apodera de ¿Valentina? Como le digo a Nacianceno, un placer leer un encuentro como éste, donde las mariposas revolotean en el estómago, en la punta de los dedos, en la sonrisa foja...
Hasta pronto,
Carmen
Hola, Conchi. Sólo tengo una duda y me gustaría que me la resolvieses. Es tan sencillo como contestar con un monosílabo: ¿naciste en Melilla?
Hace muchos años que perdí el contacto con una persona que se llama exactamente igual que tú y nació allí.
¡Ojalá seas tú!
Mmmm, pues para darle un poco de misterio, en vez de monosílabo, te voy a contestar con otra pregunta ¿Eres tú de Ceuta?
Ahí seguimos, averiguándonos...
Es curioso que entre la cantidad de gente que puede corresponderse con mi persona, a tenor del único dato que te he preguntado, hayas pensado en él. "Intento atrapar los detalles, pero se me escapan como las motas de polvo flotando en un haz de luz."
Ahí seguimos, averiguándonos...
Bueno...fue la primera asociación de ideas. Y ¿qué tal si seguimos averiguándonos en otro lugar? Ten cuenta que éste es un blog literario...si quieres disfrutar, te aconsejo que leas a mi compañeros y amigos.
huincatoro@yahoo.es
De todos modos, tú ya me tienes averiguada.
Y tú a mí, Conchi. Y tú a mi.
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