martes 1 de abril de 2008

El hombre que cayó del cielo


Le dije que había caído del cielo y ella lo tomó como un hecho más de los tantos que ocurren. La encontré por casualidad, si es que las casualidades existen, en una estación de gasolina abandonada y solitaria en medio de la carretera. Se llamaba Valentina. Yo llevaba muchos kilómetros caminando por la orilla en la dirección que llevaban los automóviles, con la esperanza de llegar a algún caserío donde pasar la noche. No quería quedarme en medio del campo. Esperaba por lo menos poderme resguardar bajo el alero de alguna casa. Aunque no me molestaba la idea de dormir vigilado por las estrellas, quería sentirme protegido por un pedazo de techo.

Había entrado a comprar pan a la tienda de la gasolinera y cuando salí con la última baguette que quedaba, encontré su vehículo parqueado justo a la entrada. Me acerqué. Valentina bajó el vidrio y me preguntó si quedaba más pan. Le dije que no, que era el último. Luego le pregunté hacia dónde se dirigía y ella con una sonrisa en la cara me dijo que iba para Armonía, el pueblo cercano donde vivía. Yo le pedí el favor de que me acercara y me dijo sí, pero que me valía un pedazo de baguette. Sonreí y le acepté el trato, le dije que incluso podría pagarle con la mitad.

Allí sentado le agradecí que me hubiese dejado entrar a su vehículo sin temor a un hombre desconocido y a esas alturas de la noche. No sólo era bella: era también valiente. Me preguntó de dónde venía. «He caído del cielo», le dije. Y le conté que había caminado mucho. Valentina tenía una sonrisa de luna. Me acordé de las palabras del poeta “Debajo de tu piel vive la luna.” Su cabello azabache se confundía con la noche. Su voz era de miel y empezó a hacer eco en mi cabeza. Con la afabilidad de su trato se me quitó el cansancio que había empezado a metérseme en los huesos. Sentí que unos minutos allí sentado me traerían el descanso que mi alma errante buscaba. Además Valentina tenía una melodía en su voz que me hechizaba y empezamos a hablar despacio sobre nuestros gustos y sobre lo que nos interesaba más en la vida. Me sentí muy bien acompañado. Y cada vez que la miraba sonreíamos los dos. Valentina estaba concentrada en el volante y me decía que era curioso que yo anduviese por aquellos lares. Me dijo que nunca antes había visto a nadie caminar por aquellos parajes. Tuve la ligera impresión de que mis miradas quemaban su cara

— No todos los días cae gente del cielo —interpelé.

— Ojalá cayeran más a menudo y fueran como tú.

Sentí un leve rubor y agradecí a la noche que se confabulara conmigo y que Valentina no lo pudiera notar.

— ¿Tienes hambre? —me preguntó.

— Yo leo para saciar el hambre y sólo cuando el ardor en el estómago se hace irresistible, me nutro con un mendrugo de pan.

Saqué del interior de mi abrigo una antología de poesía que me acompañaba desde hacía mucho tiempo y se la enseñé. Empezamos a hablar de Neruda y me dijo que conocía algo de su poesía.

Al llegar a Armonía me preguntó si me apetecía una cerveza. Por un momento lo pensé y sentí calor en la cara. No sabía qué decirle, pero tenía que decirle algo, no quería truncar la conversación con aquella bella mujer y por fin logré decirle que sí, que me encantaría.

— A cambio te leo algo de Neruda —le dije.

Una sonrisa se enmarcó en su cara y en sus ojos. La vi tan bella como una rosa en medio de la noche. Buscamos un lugar donde tomarnos una cerveza, pero todo estaba cerrado. Parecía como si los únicos habitantes allí, fuéramos nosotros. Me propuso entonces ir a su casa.

En el salón la atmosfera de tranquilidad se asemejaba a la forma de ser de Valentina. Las pocas luces que venían del techo y de una lámpara en forma de faro que lanzaba la luz desde lo alto y otra como un pequeño reflector, reforzaban la calma de aquel recinto. Nos sentamos en el sofá y seguimos hablando. Había una fuerza que me hechizaba; un imán que me atraía hacia Valentina.

Conversamos varios minutos y no podíamos parar de hablar y de mirarnos y de sonreír. Valentina se levantó y al instante regresó con dos cervezas frías y un libro de Neruda y me pidió que le leyera lo que yo quisiera. Abrí el libro al azar y me encontré con estos versos:

“Como es duro este tiempo espérame:

vamos a vivirlo con ganas.

Dame tu pequeñita mano:

vamos a subir y a sufrir,

vamos a sentir y saltar.”

Valentina los escuchaba extasiada y sus ojos brillaban. Bebíamos la cerveza a sorbos cortos. Bebíamos de la lata, bebíamos despacio como si quisiéramos detener el tiempo sólo para los dos.

Era tarde y me preguntó dónde iba a pasar la noche. Yo le respondí que en cualquier lugar, bajo cualquier alero o junto a cualquier portón, con tal de no mojarme, pues no llevaba más ropa que la que tenía puesta.

Me miró a los ojos y me propuso que podría dormir en el salón, allí mismo en el sofá. Yo le dije que el diván era suficiente. Yo sólo necesito un espacio dónde tumbar mi cuerpo.

En algún momento me levanté y me puse a mirar los libros que tenía en unos anaqueles empotrados en la pared. Valentina al verme curiosear me dijo que no le interesaban mucho aquellos libros, que los utilizaba para rellenar los huecos y que más bien los coleccionaba por el color de sus lomos.

Nos quedamos conversando largamente, leímos más poemas y se hizo tarde. La noté cansada. Me contó que había tenido una semana muy dura de trabajo. Seguí leyendo en voz alta y cuando giré la cabeza hacia donde Valentina, me escuchaba con su sonrisa de luna. Solté el libro y cerré los ojos. No sé cuánto tiempo los tuve cerrados, al abrirlos la vi durmiendo y estaba bella. Me quedé ahí sentado, casi a su lado, viéndola dormir y en su semblante se dibujaban noches de luna llena. Eran tan claros sus sueños que veía ovejas blancas y redondas saltando de un lado para otro sobre el prado verde, jugando entre ellas y sin balar como para no despertarla. Viéndola en ese estado de desamparo sentí unos deseos inmensos de meterme en sus sueños.

2 comentarios:

carmen jiménez dijo...

Un placer compartir con vosotros estos relatos como leyéndolos através de un espejo.

Anónimo dijo...

Realidad, sueño o pesadilla es una maravilla.