domingo 11 de mayo de 2008

Cascada

Con el libro en las manos cierro los ojos y pienso en ello. ¿Se puede pensar en un olor? “Crepúsculo”. Me concentro en esa palabra. Es más fácil si no ves nada. Nada te distrae. Incluso si no oyes. Me esfuerzo en anular las voces que silban alrededor. Las que escucho sin entender, en los labios de los que esperan delante de mí, pacientes, en la fila. “Crepúsculo”. Me he tropezado casualmente con esa palabra en la página veintisiete. Estaba allí escrita, rimando con alguna otra de dos versos más atrás. En un poema que no conozco de un libro que no tengo. Al pasar mis ojos por encima de las cuatro sílabas musicales he sentido su olor. Diáfano y dulce. Ese aroma que se concentra en su pecho; un almizcle inequívoco que queda recogido en el hueco de su esternón y que siempre me cierra los ojos de placer. Lo he advertido durante la décima parte de un segundo. Intenso y efímero. Como si hubiera pasado una sombra. En ese mismo instante ha tosido el señor con chaqueta de pana que hay delante de mí. Por los altavoces Pedro Guerra: “yo sé que la luna no da la cara…”. Entonces he levantado la vista del libro en un temblor...como si realmente él pudiera estar aquí. ¿Se puede oler a alguien que no está? Pero lo más importante ¿Cómo recupero esa fragancia? La quiero volver a sentir. Me hace falta. Quiero aspirarla, rastrearla, metérmela adentro. Por un momento he pensado tocarle con el dedo en el hombro al señor de la chaqueta de pana y pedirle que tosa justo cuando la canción llegue de nuevo al estribillo. Pero qué tonta…es “crepúsculo”. A él le gusta esa palabra. Ahí está el estímulo. Así que la aíslo. La acorralo en la oscuridad de mis ojos cerrados. No veo. No oigo. La piel de mis dedos ha sido anestesiada con una buena dosis de indiferencia, y no siento siquiera la textura del cartoné del libro de poesía que sujeto. Así pues, sólo puedo oler. Y empieza la cascada. Hay un túnel por el que gateo: las paredes son calientes, húmedas, acogedoras, como un lecho materno. Se estrecha. Huele a vainilla, a piel tibia, a perfume de hombre. Las paredes se acercan a mí, me rozan. Me arrastro y voy perdiendo la ropa. La blusa, el sostén, el botón del pantalón salta y noto como baja por mis muslos arrastrando zapatos medias todo. El efluvio se vuelve más intenso procedente del final del túnel. Lo quiero atrapar en algún lugar de mi corteza cerebral, en mis nervios, en mi lengua. Sigo bajando. Mis pechos se calientan abrigados por la piel suave de los muros que me abrazan como me gusta. De repente una luz pálida se filtra; veo la salida. Una música lejana se adentra desde el fondo. Y caigo. Desnuda, me hundo en un lago como un círculo pequeño. Y salgo a flote en el hueco redondo cubierto de un líquido templado que huele a él. Es ese cáliz de esencias donde se juntan sus costillas.
Entonces alguien me dice:
—Señorita…disculpe ¿Va a llevarse ese libro?
Es mi turno para pagar en la cola de la caja.
—No. Creo que finalmente lo voy a dejar.
El cajero mueve la cabeza con fastidio.
Y vuelvo al interior de la librería. Con paciencia me quedo esperando mientras la gente se agrupa de a uno con los libros que se van a llevar. Por fin se suma un hombre con chaqueta de pana. Me coloco detrás de él. Espero a que suene Pedro Guerra y abro el libro de poesía por la página veintisiete.

1 comentarios:

carmen jiménez dijo...

Dicen que el poder de evocación de la música es prodigioso. Pero no hay nada como el poder evocador de un aroma. Puedes incluso sentir lo que siente tu protagonista. Casi puedo oler el crepúsculo. Hacía tiempo que no leía nada tuyo. Me alegro volver a tener la oportunidad de hacerlo.
Un beso.