A Mar, mi amiga del alma,
quien, en vez de inventarse dolores,
los convierte en sonrisas.
La primera vez que me inventé un dolor tenía nueve años. Fue justo el día de mi cumpleaños. Mi padre me había regalado un reloj Casio digital, muy novedoso en aquella época. Tenía calculadora, cronómetro, luz…marcaba la hora local de cinco países dispersos en el mundo y se podía sumergir a cincuenta metros de profundidad. Un reloj como aquel, por descontado, tenía un color ceniciento. No había ningún brillo de fantasía en sus esquinas. Nada de purpurina, ni las manecillas plateadas latiendo sobre la esfera de una Barbie, como a una niña de nueve años le hubiera gustado. Todos esos pequeños detalles—aunque muy lejos del regalo que yo esperaba— definitivamente me hubieran conquistado. Quizás se me hubieran encendido los ojos como lunas al abrir el escueto paquete, y así, quien sabe, me hubiera salvado de un destino sembrado de dolores tan reales como los tropiezos de la vida. Aunque en lo sucesivo, a lo largo de los años, los médicos los ignorarían con obstinación por anodinos o “inespecíficos”.
Pero no fue así. Y aquella tarde del noveno año de mi vida, mientras soplaba con un hilito de aire las velas que coronaban una tarta de yema, me preguntaba por qué mis padres me habían ignorado tanto. No había sido suficiente que cada una de esas tardes heladas y tediosas de domingo me quedase atrás—mientras ellos seguían paseando—con la nariz pegada al escaparate de la librería bajo los soportales de la plaza. Las luces estaban apagadas, pero en la oscuridad de una esquina había un libro de hadas que brillaba con una luz propia y que nada tenía que ver con los seres de esta tierra. ¿Es que ellos no lo veían cuando pasaban por delante? El libro era tan grande que me hubiese podido meter dentro de él a jugar con los elfos y los nomos. Pero nada. Yo, con mi fe de niña, confiaba en que esos enanos obrasen a través de la magia para que su falta de interés se viera compensada. Después de aquello no supe si dejar de creer en las hadas o en mis padres.
Más tarde, cuando masticaba con desgana mi pedazo de tarta, comprendí que no podía afirmar premeditadamente que no creyera en las hadas. Porque hubiera sido mentira, y porque—según la teoría de Peter Pan—, sólo por esa pérdida de niñez, hubiera aniquilado al menos a media docena de ellas. Así que los grandes perdedores fueron mis padres.
Le pedí a mi madre que me colocase el reloj en la muñeca y cuando acabé mi trozo le dije, mirando la tarta con asco, que quería más. Cuando volví a vaciar el plato me fui a mi habitación y me tumbé en la cama. Me quité el reloj y lo coloqué con cuidado a mi lado. Entonces abrí la boca todo lo que pude y comencé a gritar. Gritaba como si me estuviese muriendo, y es que realmente pensaba que esa noche sería la última de mi vida.
Cuando mi padre entró corriendo en urgencias conmigo en brazos, le advirtió al pediatra de guardia que traía un dolor que me atravesaba el lado izquierdo del vientre como una daga, y que quizás fuera apendicitis. El médico—un hombre de barbas blancas y las orejas algo puntiagudas—asintió y mandó que me llevasen a rayos x. Al rato salió empujando la camilla sobre la que me habían colocado y con voz grave dijo:
—Efectivamente la niña está sufriendo mucho…
Vi como mis padres se cogían de la mano
—…sin embargo, no es apendicitis. Ni ninguna otra cosa. Es probable que sólo sean gases.
Desde entonces, y dada mi limitada capacidad para inventar dolores—quizás debido a que los niños no saben nada de padecimientos,— mis males siempre estuvieron relacionados con la zona abdominal y así fueron recibiendo todo tipo de diagnósticos confusos a medida que crecía. Acetona, agujetas, flato, mala digestión, cólicos —este era el más habitual, y aprendí a convivir con una cajita verde y blanca en la mesilla de noche donde decía Buscapina— dispepsia o síndromes con cualquier apellido…
Hasta aquella tarde de verano al pie del mar, cuando el sol teñía a lo lejos las chumberas de naranja. En un callejón entre dos casas vecinas, vi al chico que pocos días atrás me había dado el primer beso de mi vida. Yo todavía sentía mis pies flotar al pensar en sus labios húmedos y entornados como invitando a pasar. Yo tenía trece y él quince. La chica que apretaba contra la pared y a la que le metía la lengua en la boca debía de tener más de diecisiete. Entonces sentí que un dolor rodaba desde mi pecho y se me instalaba debajo del ombligo. La punzada me hizo doblar las rodillas, y caí en las baldosas del paseo marítimo como un pájaro herido.
Aquella vez el médico le dijo a mi madre que probablemente —aunque era más ojo clínico que otra cosa— tenía una inflamación lógica de los ovarios que precedía a mi primera menstruación.
—Su hija se está haciendo mujer —dijo como el que remata un discurso.
A partir de ese día mi creatividad para las dolencias floreció con el mismo ímpetu que mis senos. Las algias campaban a sus anchas por mi cuerpo: cefaleas, lumbalgias, neuralgias, otalgias. Tardé en saber que a medida que maduraba, estas manifestaciones llegaron a traspasar los receptores del dolor de mi piel y crecían en forma de manchas o me doblegaban a través de mareos o náuseas. Cuando iba al médico era incapaz de definir dónde me dolía, porque saliendo de casa me atormentaba la cabeza, y al llegar a la consulta juraba que era el esófago. Había además un denominador común: todos remitían espontáneamente.
Yo, por mi parte, al acabar el colegio me matriculé en la facultad de medicina para quizás, mediante el conocimiento, llegar al origen de tanto sufrimiento leve pero insidioso. Jamás logré establecer una conexión entre todos aquellos trastornos. Hasta que un año, en la noche anterior a Navidad, recibí una llamada de mi novio.
Hacía dos años que salíamos y nos amábamos con la dulzura de los veinte años. Los últimos meses habían sido complicados porque él estaba bajo de ánimo y había comenzado a frecuentar un psicoanalista. Pensábamos que aquellas fechas familiares nos aferrarían a un sentimiento que crecía con los días y habíamos quedado en que vendría a cenar en Nochebuena a mi casa.
—Cariño, es mejor que lo dejemos. No estoy seguro de nada.
Fueron las últimas palabras que le escuché decir.
Esa noche comí y bebí con normalidad. Hasta podría decir que disfruté. Pero al acostarme tuve el dolor más diáfano, localizado y persistente de cuantos había soportado hasta entonces. Sentí que se me abría el pecho en el lado izquierdo, una presión seguida de falta de aire y un pinchazo entre las costillas. En esa ocasión no tuve dudas. Me dolía el corazón.
Aunque hasta el suceso de la grúa—algunos años más tarde— nada ni nadie arrojó verdadera claridad sobre la causa de mis quebrantos. Una mañana salí a buscar mi coche temprano para ir a la biblioteca. Pero no arrancó. Cuando llegó la grúa entre la niebla del invierno y el mecánico me preguntó por los síntomas del coche, rompí a llorar. El hombre tuvo la entereza de ignorarme y tratar de poner el coche en marcha sin mi colaboración. Como no lo consiguió, cargó el coche y me invitó a subir en la cabina de la grúa mientras yo seguía llorando. Lloré cuando se adentró en la ciudad y cuando me llevó hasta la antesala de una clínica en la que se detuvo para dejarme a mí antes que al coche.
El gruero me acompañó hasta la sala de espera y se despidió con un “mujer anímese”. Al cabo de unos minutos un hombre sin bata llegó desde el fondo del pasillo y me llamó para que entrase.
— ¿Dolores García?
Levanté la cabeza avergonzada con los ojos mojados, sin entender bien qué estaba yo haciendo allí. Me indicó que pasase delante de él y me dijo que íbamos a la consulta siete. Intenté decirle algo, pero asintió al tiempo que sonreía con calma:
—Tranquila, ahora me cuenta…
Me senté frente a él sin muchas ganas de mirarle a los ojos y encajar sus preguntas. Por los cuadros que desfilaban por las paredes, en los que me distraje unos minutos, entendí que no era un médico general, sino un psiquiatra.
—Dígame, qué le sucede.
—Tengo…dolor.
Antes de empezar con mi letanía, el doctor se adelantó y me dijo que mejor le indicase el lugar señalándome con el dedo. Me llevé la mano al lado izquierdo del pecho y me animé a mirarle. En sus ojos—dos granos de café—encontré un brillo de conformidad, como si mi gesto hubiera tocado la tecla exacta en lo más profundo de sus pensamientos.
Aquél hombre, doctor, Psiquiatra por la Universidad Complutense, me diagnosticó una enfermedad mortal. No vaciló en sus palabras. No me mandó volantes para pruebas diagnósticas, ni jugó al despistaje con tratamientos peregrinos. Diríase que cogió el toro por los cuernos.
—…pero no se preocupe. En usted la patología ha cronificado. Sólo tiene que aprender a vivir con ella. Sus dolores son de amor, y lo más probable es que algún día se muera de amor. Aunque si alguien me llegase a preguntar, yo nunca le he dicho esto.
Debió de entender, por mi forma de encogerme en la silla, que la palabra morir no estaba en mis planes, y con una sonrisa generosa añadió:
—Y dígame ¿hay alguna forma más digna de morir?
Pero no fue así. Y aquella tarde del noveno año de mi vida, mientras soplaba con un hilito de aire las velas que coronaban una tarta de yema, me preguntaba por qué mis padres me habían ignorado tanto. No había sido suficiente que cada una de esas tardes heladas y tediosas de domingo me quedase atrás—mientras ellos seguían paseando—con la nariz pegada al escaparate de la librería bajo los soportales de la plaza. Las luces estaban apagadas, pero en la oscuridad de una esquina había un libro de hadas que brillaba con una luz propia y que nada tenía que ver con los seres de esta tierra. ¿Es que ellos no lo veían cuando pasaban por delante? El libro era tan grande que me hubiese podido meter dentro de él a jugar con los elfos y los nomos. Pero nada. Yo, con mi fe de niña, confiaba en que esos enanos obrasen a través de la magia para que su falta de interés se viera compensada. Después de aquello no supe si dejar de creer en las hadas o en mis padres.
Más tarde, cuando masticaba con desgana mi pedazo de tarta, comprendí que no podía afirmar premeditadamente que no creyera en las hadas. Porque hubiera sido mentira, y porque—según la teoría de Peter Pan—, sólo por esa pérdida de niñez, hubiera aniquilado al menos a media docena de ellas. Así que los grandes perdedores fueron mis padres.
Le pedí a mi madre que me colocase el reloj en la muñeca y cuando acabé mi trozo le dije, mirando la tarta con asco, que quería más. Cuando volví a vaciar el plato me fui a mi habitación y me tumbé en la cama. Me quité el reloj y lo coloqué con cuidado a mi lado. Entonces abrí la boca todo lo que pude y comencé a gritar. Gritaba como si me estuviese muriendo, y es que realmente pensaba que esa noche sería la última de mi vida.
Cuando mi padre entró corriendo en urgencias conmigo en brazos, le advirtió al pediatra de guardia que traía un dolor que me atravesaba el lado izquierdo del vientre como una daga, y que quizás fuera apendicitis. El médico—un hombre de barbas blancas y las orejas algo puntiagudas—asintió y mandó que me llevasen a rayos x. Al rato salió empujando la camilla sobre la que me habían colocado y con voz grave dijo:
—Efectivamente la niña está sufriendo mucho…
Vi como mis padres se cogían de la mano
—…sin embargo, no es apendicitis. Ni ninguna otra cosa. Es probable que sólo sean gases.
Desde entonces, y dada mi limitada capacidad para inventar dolores—quizás debido a que los niños no saben nada de padecimientos,— mis males siempre estuvieron relacionados con la zona abdominal y así fueron recibiendo todo tipo de diagnósticos confusos a medida que crecía. Acetona, agujetas, flato, mala digestión, cólicos —este era el más habitual, y aprendí a convivir con una cajita verde y blanca en la mesilla de noche donde decía Buscapina— dispepsia o síndromes con cualquier apellido…
Hasta aquella tarde de verano al pie del mar, cuando el sol teñía a lo lejos las chumberas de naranja. En un callejón entre dos casas vecinas, vi al chico que pocos días atrás me había dado el primer beso de mi vida. Yo todavía sentía mis pies flotar al pensar en sus labios húmedos y entornados como invitando a pasar. Yo tenía trece y él quince. La chica que apretaba contra la pared y a la que le metía la lengua en la boca debía de tener más de diecisiete. Entonces sentí que un dolor rodaba desde mi pecho y se me instalaba debajo del ombligo. La punzada me hizo doblar las rodillas, y caí en las baldosas del paseo marítimo como un pájaro herido.
Aquella vez el médico le dijo a mi madre que probablemente —aunque era más ojo clínico que otra cosa— tenía una inflamación lógica de los ovarios que precedía a mi primera menstruación.
—Su hija se está haciendo mujer —dijo como el que remata un discurso.
A partir de ese día mi creatividad para las dolencias floreció con el mismo ímpetu que mis senos. Las algias campaban a sus anchas por mi cuerpo: cefaleas, lumbalgias, neuralgias, otalgias. Tardé en saber que a medida que maduraba, estas manifestaciones llegaron a traspasar los receptores del dolor de mi piel y crecían en forma de manchas o me doblegaban a través de mareos o náuseas. Cuando iba al médico era incapaz de definir dónde me dolía, porque saliendo de casa me atormentaba la cabeza, y al llegar a la consulta juraba que era el esófago. Había además un denominador común: todos remitían espontáneamente.
Yo, por mi parte, al acabar el colegio me matriculé en la facultad de medicina para quizás, mediante el conocimiento, llegar al origen de tanto sufrimiento leve pero insidioso. Jamás logré establecer una conexión entre todos aquellos trastornos. Hasta que un año, en la noche anterior a Navidad, recibí una llamada de mi novio.
Hacía dos años que salíamos y nos amábamos con la dulzura de los veinte años. Los últimos meses habían sido complicados porque él estaba bajo de ánimo y había comenzado a frecuentar un psicoanalista. Pensábamos que aquellas fechas familiares nos aferrarían a un sentimiento que crecía con los días y habíamos quedado en que vendría a cenar en Nochebuena a mi casa.
—Cariño, es mejor que lo dejemos. No estoy seguro de nada.
Fueron las últimas palabras que le escuché decir.
Esa noche comí y bebí con normalidad. Hasta podría decir que disfruté. Pero al acostarme tuve el dolor más diáfano, localizado y persistente de cuantos había soportado hasta entonces. Sentí que se me abría el pecho en el lado izquierdo, una presión seguida de falta de aire y un pinchazo entre las costillas. En esa ocasión no tuve dudas. Me dolía el corazón.
Aunque hasta el suceso de la grúa—algunos años más tarde— nada ni nadie arrojó verdadera claridad sobre la causa de mis quebrantos. Una mañana salí a buscar mi coche temprano para ir a la biblioteca. Pero no arrancó. Cuando llegó la grúa entre la niebla del invierno y el mecánico me preguntó por los síntomas del coche, rompí a llorar. El hombre tuvo la entereza de ignorarme y tratar de poner el coche en marcha sin mi colaboración. Como no lo consiguió, cargó el coche y me invitó a subir en la cabina de la grúa mientras yo seguía llorando. Lloré cuando se adentró en la ciudad y cuando me llevó hasta la antesala de una clínica en la que se detuvo para dejarme a mí antes que al coche.
El gruero me acompañó hasta la sala de espera y se despidió con un “mujer anímese”. Al cabo de unos minutos un hombre sin bata llegó desde el fondo del pasillo y me llamó para que entrase.
— ¿Dolores García?
Levanté la cabeza avergonzada con los ojos mojados, sin entender bien qué estaba yo haciendo allí. Me indicó que pasase delante de él y me dijo que íbamos a la consulta siete. Intenté decirle algo, pero asintió al tiempo que sonreía con calma:
—Tranquila, ahora me cuenta…
Me senté frente a él sin muchas ganas de mirarle a los ojos y encajar sus preguntas. Por los cuadros que desfilaban por las paredes, en los que me distraje unos minutos, entendí que no era un médico general, sino un psiquiatra.
—Dígame, qué le sucede.
—Tengo…dolor.
Antes de empezar con mi letanía, el doctor se adelantó y me dijo que mejor le indicase el lugar señalándome con el dedo. Me llevé la mano al lado izquierdo del pecho y me animé a mirarle. En sus ojos—dos granos de café—encontré un brillo de conformidad, como si mi gesto hubiera tocado la tecla exacta en lo más profundo de sus pensamientos.
Aquél hombre, doctor, Psiquiatra por la Universidad Complutense, me diagnosticó una enfermedad mortal. No vaciló en sus palabras. No me mandó volantes para pruebas diagnósticas, ni jugó al despistaje con tratamientos peregrinos. Diríase que cogió el toro por los cuernos.
—…pero no se preocupe. En usted la patología ha cronificado. Sólo tiene que aprender a vivir con ella. Sus dolores son de amor, y lo más probable es que algún día se muera de amor. Aunque si alguien me llegase a preguntar, yo nunca le he dicho esto.
Debió de entender, por mi forma de encogerme en la silla, que la palabra morir no estaba en mis planes, y con una sonrisa generosa añadió:
—Y dígame ¿hay alguna forma más digna de morir?
3 comentarios:
Tu relato me hace preguntarme si mis dolores de todo tipo, no serán "dolores de amor". Describes a la perfección todos mis síntomas:))
Un saludo moleskine,
Carmen
Pues bienvenida Carmen...pero yo creo que lo tuyo es más "reumático"...para tí un besito.
je-je Conchi. Muy romántico tu comentario.
Publicar un comentario en la entrada