jueves 29 de mayo de 2008

El cordón umbilical


Mi primera infancia transcurrió en la soledad más absoluta, rodeada de los adultos. Llamo soledad a la ausencia de otros niños con los que jugar.

En mi mundo sólo existían los mayores. Había niños, sí... Sabía que los había en el extremo contrario del pueblo, en las faldas de la colina. Sabía que andaban juntos en bicicleta muy cerca de mi casa, que iban al colegio. Cuando bajaba al valle, repeinada, primorosamente vestida, muy seriecita de la mano de mi madre, las mujeres me decían: “¿no te apetece jugar un rato con los niños?”. Y yo notaba un levísimo refuerzo en la intensidad con la que mi madre me asía la mano. “No, no me apetece”. Pero sí me apetecía, aunque jamás me hubiera separado de mi madre porque intuía, con esa claridad que a veces asusta en los niños, que ella sin mí se sentía perdida, que el miedo se le atenazaba a la garganta, el miedo atroz a que algo malo pudiera sucederme. Y es que a mí podía ocurrírseme cualquier cosa. Subir al árbol más alto. Bajar en una bicicleta sin frenos por el prado más empinado. Meterme en el mar, con el agua hasta el cuello, sin saber nadar. “Creí que no ibas a llegar sana y salva a adulta”, me dice aún a veces mi madre.

No, en mi primera infancia no hubo niños.

Viví en la casa más oscura y aislada del mundo –anchísimos muros de piedra y estrechos ventanales, como es habitual en las casas de aldea-, en la ladera de una colina y rodeada de eucaliptos. Mi padre se iba a trabajar muy temprano y volvía muy tarde, de lunes a sábado. Por eso el domingo era mi día favorito. Me levantaba a las nueve de la mañana, desayunaba leche con pan y mermelada e iba corriendo al cuarto de mis padres. Mi madre ya llevaba una hora levantada, pero mi padre no. Se hacía el dormido y yo tenía que zarandearlo. “Papá, papá, cuéntame el cuento de El flautista de Hamelin”. Y él me lo contaba siempre con las mismas exactas palabras, haciendo énfasis y pausas en las mismas escenas. Yo le escuchaba conteniendo la respiración, emocionada ante la idea de que alguien, algún día, llegara a mi pueblo y yo pudiese irme tras el sonido de su flauta. Cuando mi padre acababa de contarme el cuento, yo salía corriendo de casa hacia el patio trasero mientras oía la voz de mi madre: “¡No te alejes mucho!”. No me alejaba, no hacía falta. Cruzar la puerta hacia el patio trasero era para mí el más lejano de los viajes. Allí pasaba horas enteras. “¿A qué juegas?”, me preguntaba mi abuelo. “A ir en un barco”, le respondía yo. Seguramente le sonaría raro, pero para mí vivir en un barco, en medio del mar, era la metáfora de la independencia y la seguridad; ese lugar al que nadie iría a molestarme –aunque de eso me di cuenta mucho después–.

Y tras tanto soñar con países lejanos y viajes por mar, empecé a ir al colegio. Tenía seis años. Ya sabía leer, escribir, sumar, restar y multiplicar –me había enseñado mi madre en las largas tardes del invierno anterior–. Para ir al colegio tenía que levantarme muy temprano. Bajaba desde la ladera de la colina hasta el valle y allí esperaba el transporte escolar. En mi primer día de colegio, sentada tras las ventanillas de aquel enorme autobús, vi con infinita tristeza las lágrimas de mi madre. Era la primera vez que nos separábamos. Pero el autobús arrancó y cuando la perdí de vista, miré hacia adelante y todo rastro de tristeza desapareció. Al fin había venido el flautista de Hamelin a por mí.

El colegio era un lugar enorme lleno de desconocidos. La inmensa mayoría niños. Los escasos adultos eran mujeres. Concretamente monjas. Bajé del autobús y me dejé llevar por la riada de alumnos hacia el patio central, circular y triste. Quedé parada ante la oscura capilla. Me rodeaban niños más altos que yo y a duras penas pude observar cómo se iban alejando uno a uno tras oír sus nombres en boca de la madre superiora, una mujercilla baja y encorvada con una expresión cruel en los labios, hasta que me quedé sola en el inmenso patio, entonces ella me miró por encima de las gafas y me preguntó: “¿Cómo te llamas?”.

–Marta María López –le contesté con voz firme, como mi abuelo me enseñó que debía pronunciar cuando me sentía insegura, para darme valor.

–¿Cuántos años tienes? –me inspeccionó de arriba a abajo y yo me sentí muy pequeña dentro del uniforme gris.

–Seis –notaba el sudor frío recorriéndome la espalda mientras ella miraba el enorme listado de alumnos. Pareció encontrarme entre sus papeles. Puso su mano sobre mis hombros y me dirigió hacia un edificio alejado del patio central. Se accedía a mi aula por una puerta acristalada que se abrió con enorme estrépito de los goznes. Todos los niños ocupaban ya sus asientos.

–Aquí le traigo a una alumna despistada, sor Soledad. Se llama Marta María López –Mis compañeros me observaron unos segundos sin demasiado interés, pero la joven monja que sería mi maestra fijó su mirada en mí.

–Siéntate en aquel sitio libre –me indicó un pupitre al fondo de la clase– y saca una hoja en blanco y lápices de colores.

Esperó pacientemente a que hiciera lo que me había mandado y se acercó a mí. Me dijo que dibujara en el papel algo bonito, como ya estaban haciendo mis compañeros, lo más bonito que pudiera imaginarme. Yo comencé a dibujar. “Un barco”, pensé. Pero cuando quise darme cuenta, estaba dibujando una casa llena de gente, con un abuelo que tallaba madera en el sótano, una abuela un poco mandona que cocinaba como nadie, una madre amorosa que leía junto a la ventana y un padre que llegaba exhausto de trabajar tras haber tenido que tomar varios trenes. Dibujé también mis libros de cuentos sobre una mesa, el coche que no teníamos, pero que a mi padre –aunque los odiaba- le hubiese venido muy bien, y el gato que siempre desee tener. Dibujé muchos niños jugando en el patio trasero y, al fondo, dibujé el autobús escolar.

–Echas de menos a tu familia, ¿verdad? –me preguntó la monja mientras miraba mi dibujo. Lo cierto era que no. Sabía que iba a verlos en unas horas, ¿por qué había de echarlos de menos? Ella no esperó mi respuesta, la dio por sabida.

El resto de la mañana pasó volando. Saboreé cada minuto a pesar de que nada era como me lo había imaginado. O precisamente por eso.

En el instante mismo en que me bajé del autobús, ya de vuelta, vi a mi madre sonriéndome y con los ojos expectantes, deseosa de que le contara cómo me había ido. Al no verla triste, tal y como esperaba, se esfumó todo resto de culpabilidad por haber disfrutado en el colegio, lejos de casa. La quise más en ese momento de lo que la había querido en mis seis años de vida –que era muchísimo–, porque me estaba regalando, muy a su pesar y no sin dolor, la libertad. Estaba cortando el cordón umbilical.

Poco a poco comencé a relacionarme con los niños de mi pueblo, a desaparecer durante horas enteras con Héctor, Rober y Tito, y mi madre tuvo que aguantar estoicamente que me rompiera un brazo, me torciera dos veces el mismo tobillo al saltar de un árbol y me pusiera mala del estómago tras comer los pétalos de alguna flor. Todo ello en menos de seis meses. Pero, como dice mi abuela: “Es lo que tiene la vida, que a veces duele. Aún así, es mejor eso que anestesiarse por miedo”.

Supe ya entonces que lo mejor de irse lejos de la familia era el momento del regreso, con el alma cargada de experiencias. Desde entonces, ningún viaje termina para mí hasta el instante en que le narro a los ojos expectantes de mi madre cómo me ha ido y le novelo lo que he visto.
(Pravia, octubre de 2006)
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IMAGEN: Gustavo Aimar

1 comentarios:

carmen jiménez dijo...

Para que quede constancia, vuelvo a reiterar el poder enorme de evocación que tiene este relato. Tuve el placer de leerlo hace tiempo, y me encanta leerlo de nuevo.
Un placer compartir recuerdos contigo.
Carmen