Me gusta pensar en la magia de los números, en su fuerza, en sus diferentes significados. Tomo el quinientos doce, lo acomodo en mi cabeza, lo saboreo, lo palpo y lo desmenuzo: el cinco, cinco son los dedos de mi mano; uno, yo soy uno y por último el dos, ella y yo somos dos, dos que nos encontramos después de que la tierra sólo se detuvo para nosotros y luego siguió girando. Yo venía del sur con mi mochila arahuaca y ella era mi norte. Es mi norte.Mi mano, mis cinco dedos siguen la línea de su piel de manzana sobre su cuerpo extendido en el catre y recorro con mi mano, con mis dedos cada recodo de su cuerpo. Cierro los ojos para seguir el movimiento de mi mano que sube y baja por su geografía y cruza dos montañas de oriente a occidente y de norte a sur. Atraviesa los puertos. Despacio. Sin prisa. Es un recorrido lento porque quiero memorizar cada rincón, cada lugar y quiero trazar el camino de regreso.
El quinientos doce hace parte de mi vida y me gusta tenerlo cerca para recordar aquellos días cuando los dos nos dedicamos a cultivar la felicidad que puede tener el color de los claveles y el mar; la luna y los ríos; las montañas y las estrellas; la poesía y la música. Porque a veces me quedo solo como el uno. Y sólo la certeza de que pronto seremos dos me devuelve la ilusión de que el cinco estará otra vez de paseo por su cuerpo.
1 comentarios:
Para que luego digan que las matemáticas es una ciencia exacta:)) Bonita manera de contemplar los números, de darles vida más allá de la cuenta bancaria.
Un beso,
Carmen
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