La casa tenía goteras. O mejor dicho: una gotera. Una gotera que caía plot plot plot sobre el fregadero y sonaba metálicamente como cuando chocan entre sí los cubos de la basura. Caía a un ritmo lento y acompasado. Plot. Pasaba un rato largo desde que una gota se precipitaba del techo hasta el fregadero y la otra hacía lo mismo, el tiempo suficiente para que ellos se olvidaran de que iba a volver a caer. Plot. Como así no había quien se concentrara para nada, ni para dormir, ni para leer, ni para hacer el amor -y mira que tenían ganas-, pusieron un vaso justo debajo de la gotera para evitar el ruido metálico cuando chocaba contra el fregadero. Ahora sonaba distinto, casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otro lado de las paredes de su casa. Plin. Era más llevadero. Si cerraban la puerta de la cocina, casi era imperceptible. Plin. Poco a poco –muy poco a poco– el vaso se iba llenando. Plin plin. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba llenándose. Gota a gota. Plin. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban las gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Si se dormían, soñaban que el vaso se desbordaba. Plin. Se besaban, hacían el amor y el ritmo de la sucesión de gotas era el diapasón de sus movimientos. Plin. Plin. Plin. Y un día el vaso se llenó. Lo vieron por la mañana, cuando se levantaron para ir a trabajar. Se dieron cuenta de que habían dejado de escuchar la gotera en algún momento de la noche. El agua se estaba desbordando, la gota seguía cayendo con su parsimonia habitual, pero ya no sonaba. Quitaron el vaso, pero al caer directamente sobre el fregadero tampoco se oía nada. Silencio. Volvieron a colocar el vaso donde estaba para que volviera a llenarse y a desbordarse, esta vez en completo silencio.
Se les quitaron las ganas de dormir, de leer, de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella: “Plot plot plot”. Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba: “Plin plin plin”. Pero nada.

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