sábado 28 de junio de 2008

Rituales

Lucas mira a través del cristal de la puerta de la calle y ve a su madre alejarse en la Transit blanca con la que su padre reparte pan los domingos de amanecida. No mueve un pelo. Tiene el abrigo puesto, la mochila en la espalda, la cabeza despeinada y los ojos pegados a los movimientos de ella. Le han dado carta blanca para quedarse ahí parado unos segundos todos los días. “Hasta que me pierda de vista por completo” le pidió su madre a la cuidadora de la guardería.
—Déjele, total es un minuto. Una manía. Me quiere ver hasta el último instante. Ya sabe, como un ritual.
Después le arriarán para dentro: que se quite el abrigo, que no moleste a los pequeños, que a desayunar y a lavarse las manos y a dejar la silla colocada…hasta que salga la ruta.
Son las siete de la mañana. Pura noche. El cielo está tapado de nubes. En Madrid las clases empiezan a las nueve y media, pero en el cole de Wafaa hay servicio de desayuno. Ella sube la cuesta arrastrada por la mano de su madre. Se mira los pies y se ríe sin hacer ruido porque le patinan hacia fuera con el hielo y se le chocan las rodillas. Entonces su madre gruñe y le da un tirón del brazo. El brillo hosco de sus ojos arropados por la sombra del hijab le transmite a la niña una seguridad que difícilmente podría describir con sus escasas palabras en español. Al llegar a la esquina sabe que es el momento. Después, cuando la suelte del otro lado de la verja que rodea el colegio no habrá besos ni abrazos. Su madre no volverá la cabeza—envuelta hoy en una tela gris que parece el reflejo del cielo— para decirle adiós. Wafaa le aprieta fuerte la mano tres veces. Son tres veces consecutivas, aún a riesgo de castigo. Tres veces separadas por tres segundos. A Wafaa le gusta el número tres y adora que en clase alguien le pregunte cuál es su número favorito, porque en casa nadie le haría una pregunta semejante.
Parece que la noche toca a su fin en Lavapiés. El barrio se despereza como un gato y algunos coches desfilan con lentitud como luciérnagas con el papel aprendido. Una furgoneta sale de un garaje lejano y en la acera de la calle Concordia, tose el motor de un R-5 trasnochado, justo en frente del portal número 7. En el segundo piso Orlando revisa su mochila. A esas horas mira sin ver, para que cuando su hermano mayor le pregunte en el quicio de la puerta—a punto de salir camino del colegio—, el niño pueda decir sin mentiras que sí, me fijé y llevo todo. Pero sólo le interesa mirar por la ventana, echar a un lado las cortinas y ver la luna encaramada en lo alto de los edificios que se amontonan alrededor de ese en el que ellos viven. De todos modos, piensa, es la misma luna en todos los lugares. La misma que mira Valery desde Chiclayo y la misma que busca su madre por las vidrieras de la fábrica. Primero le guiña un ojo—sin controlar del todo el otro que se le queda medio cerrado—, después le dice: “sí, seré juicioso mami”, y por último le lanza un beso que vuela por la rendija de la ventana abierta. El viento que se ha levantado al compás del sol se lo lleva lejos, viaja alto, por encima de las antenas de las casas. Avanza saltándose los semáforos en rojo y despabilando a las farolas. Juega porque es un beso de niño: se deja caer en picado y hace un luping en el moño de una señora que acaba de salir de un portal. Remonta el vuelo y busca el rastro de su destino a lo largo de la M-30 que discurre hacia el sur todavía limpia de atascos.
Más abajo, las alarmas de los relojes, teléfonos móviles, radios y servicios de habitaciones se ponen de acuerdo para despertar a la ciudad.

2 comentarios:

carmen jiménez dijo...

Querida Conchi. ¡Qué texto tan entrañablemente urdido! Yo soy como Lucas. Pero al final,haces que me sienta como Wafaa, como Orlando,como Valery. Al fin, la luna es la misma en todos los rincones del alma.
Chapó!

Anónimo dijo...

¿Y si no fuera así...? ¿si la luna no fuera la misma en todos los rincones del alma?
¿Si por un instante, tan sólo fuéramos capaces de respirar el mismo aire que exhalamos?
¿Si... simplemente, somos distintos, únicos, sintiendo lo nuestro?

¿Podría ser así?