De niños, ella y yo, nos repartíamos las estrellas y la luna. El sol no entraba en el juego porque era demasiado candente y a esa edad no nos permitían jugar con fuego. Después a ella las estrellas le parecieron poca cosa por su tamaño y nos quedó sólo la luna. La mitad era mía, la otra mitad era de ella. Y ahí empezaron nuestros conflictos porque ella nunca quiso entender, que por temporadas su mitad desapareciera de un momento para otro, aunque la mía también desaparecía un tiempo después. Pero ella me lo achacaba como un descuido. Se enojaba, pero nos volvíamos a contentar cuando la luna volvía a aparecer.
Ya de grandes se enfadó conmigo la primera vez que retomamos el juego y desapareció su mitad. Nunca más me volvió a dirigir la palabra.
Ya de grandes se enfadó conmigo la primera vez que retomamos el juego y desapareció su mitad. Nunca más me volvió a dirigir la palabra.
2 comentarios:
¡Es que no hay nada como la luna llena! Porque cuando te toca ser sombra, el tiempo pasa muy despacio, y cuando te toca ser luz no ves a tu otra mitad hasta pasado su tiempo. Lo mejor es jugar sólo cuando la luna está completa.
Un saludo Nacianceno.
Carmen
¿Sera que los poetas amamos como niños,y no se nos pegan los malos habitos de ser adulto?
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